Ritmos Biológicos – Una cuestión de Salud
Nuestra vida se desarrolla de forma cíclica, alrededor de las 24 horas del día. No es por tanto de extrañar que el funcionamiento de nuestro cuerpo varíe también dentro de esas 24 horas; dormimos de noche, comemos de día, nuestra temperatura corporal y presión arterial disminuyen durante la noche, etc.
De modo similar, diversos procesos que ocurren dentro de nuestro cuerpo, como las secreciones hormonales o la asimilación de los nutrientes contenidos en los alimentos, sufren alteraciones a lo largo de esas 24 horas.
La adecuación de nuestro organismo a este ritmo diario es indispensable para la vida, ya que nos permite adaptarnos a nuestro entorno. En realidad, este ritmo nos viene dado por nuestro propio organismo: tenemos en el cerebro un tipo de “reloj biológico” que nos indica a cada momento del día lo que debemos hacer.
Gracias a este reloj interno, somos capaces de predecir, a diario, el inicio y el final de las horas de luz y de oscuridad, cosa que nos permite prepararnos para las actividades que necesitamos desarrollar en cada momento.
El reloj interno también contribuye a la regulación del “balance energético” de nuestro cuerpo, pues permite decidir entre almacenar o gastar la energía disponible para efectuar cada una esas actividades, y es regulado por señales externas como las variaciones de luz durante el día o los horarios de comida.
No hay duda acerca de la importancia que tiene el buen funcionamiento del reloj biológico para preservar nuestra salud. Está demostrado también que el estilo de vida que llevamos puede alterar su funcionamiento, con el consiguiente riesgo de sufrir enfermedades graves. Entre ellas, la obesidad, uno de los mayores problemas de salud pública a los que se enfrentan las sociedades industrializadas en la actualidad. Paralelamente al desarrollo de la obesidad, se da en nuestras sociedades un número cada vez mayor de personas con diabetes y enfermedades cardiovasculares.
Cuando coinciden varias de estas patologías relacionadas entre ellas, hablamos de “síndrome metabólico”. El síndrome metabólico no es una enfermedad como tal, sino más bien una condición física que predispone a contraer gran número de enfermedades cardiovasculares y diabetes.
Algunos factores de riesgo que predisponen a sufrir síndrome metabólico:
• la obesidad abdominal
• la resistencia a la insulina, como la que presentan los diabéticos de tipo 2
• una presión arterial elevada
• una concentración muy elevada de lípidos en plasma (relacionada con las enfermedades cardiovasculares).
Existen muchos otros factores de riesgo para el síndrome metabólico, tanto genéticos como ambientales.
En efecto, el estilo de vida influye considerablemente en el desarrollo del síndrome metabólico: comparado con el estilo de vida de principios del siglo pasado, el modelo de alimentación de las sociedades industrializadas ha experimentado profundos cambios. Actualmente se da una abundancia y una disponibilidad inmediata de los alimentos sin precedentes. Estas nuevas condiciones han propiciado, entre otras cosas, el desarrollo de frecuentes “picoteos” entre comidas regulares. Si a esto le añadimos una drástica reducción de la actividad física, no es de extrañar el desarrollo de alteraciones del organismo que favorecen enfermedades de diversa gravedad.
Aparte de los cambios en la dieta y la falta de ejercicio físico, hay otras causas que explican el incremento de estas patologías en la sociedad moderna: actualmente sabemos con certeza que las enfermedades metabólicas tales como la obesidad y la diabetes de tipo 2 están asociadas a alteraciones de los ritmos biológicos de nuestro cuerpo.
Los turnos de trabajo rotatorios, por ejemplo, implican una alteración de los ritmos naturales alrededor de las 24 horas, perdiéndose la sincronía normal que existe entre el día y la noche. Aparecen entonces trastornos del sueño, de la digestión y de la actividad en general. En efecto, entre los trabajadores por turnos se da un mayor porcentaje de fumadores y de personas con una dieta desequilibrada.
Por otra parte, se observa también a veces una alteración de los patrones sociotemporales, con conflictos entre el tiempo de trabajo y el de ocio que provocan estrés y deterioran la salud.
Sin embargo, incluso con un ritmo de trabajo aparentemente normal, se dan también alteraciones del reloj biológico, incrementando así la probabilidad de sufrir un síndrome metabólico. Esto ocurre por ejemplo al dormir poco o al comer sin horarios regulares.
De hecho, se ha demostrado que la pérdida de sueño es un factor de riesgo para la diabetes. En las sociedades industrializadas, se duerme de promedio una hora y media menos que hace un siglo, y aproximadamente un tercio de los adultos duerme menos de 6 horas.
Estas alteraciones del sueño contribuyen tanto a un aumento del peso corporal como al desarrollo de una resistencia a la insulina (y por tanto a la diabetes). Teniendo en cuenta que una parte importante de la población presenta trastornos del sueño, no es de extrañar el aumento de personas con síndrome metabólico.
Además, los cambios en los horarios de comida contribuyen también a alterar el reloj diario y el funcionamiento del organismo en general. Comer demasiado tarde por la noche conduce a una menor absorción de los nutrientes y a alteraciones que pueden provocar un incremento en los niveles de glucosa, en la resistencia a la insulina, y por tanto un nuevo riesgo de diabetes.
En resumen:
En nuestra sociedad, nuestro reloj interno se ve alterado por:
- El “picoteo” y la multiplicación de las tomas alimentarias diarias.
- La mayor ingesta de comida de noche.
- La falta de sueño.
- El exceso de iluminación nocturna.
- Los cambios de horario, principalmente debido a turnos de trabajo rotatorios.
Esta tendencia en contra de la naturaleza rítmica de nuestro cuerpo induce más riesgo de sufrir determinadas enfermedades graves como las patologías cardiovasculares o la diabetes.
Prof: Trinitat Cambras
Profesora de Fisiología: Universitat de Barcelona
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